martes, 22 de mayo de 2018

Reseña: Al final mueren los dos - Adam Silvera

¿Qué harías si recibieras una llamada en plena madrugada en la cual te dicen que este será el último día de tu vida? Yo, Esteban Parra, no lo sé a ciencia cierta. Es posible que me quede acostado en la cama, haciéndome uno con mis cobijas y mi almohada como suele ocurrir cuando estoy triste o muy holgazán. Seguramente me siente en la sala de la casa a observar por un instante mi biblioteca, esa que guarda a tantos compañeros de camino y que me ha visto crecer en muchos sentidos. No dudo que decida escribirle a mis mejores amigos para burlarnos del resto del mundo y hacer del ocio nuestro paraíso. Quizá salga a caminar para ver por última vez el verde de los árboles que tanto me gusta, y buscaría algún parque en donde el césped esté siendo podado para perderme en mi aroma favorito. Tal vez almuerce con mis padres y mi hermana como todos los fines de semana, y nos riamos de cualquier cosa mientras hacemos fila para ver alguna película de terror. Posiblemente recoja a mis sobrinos y compremos un helado, vayamos por una cajita feliz y juguemos como locos en las maquinitas del centro comercial. Suponer es muy fácil pero, ante un hecho de tal magnitud, no sé como llegaría a reaccionar.


Nueva York, primeras horas de la madrugada del 5 de septiembre del 2017.

Mateo Torrez está en su casa leyendo algunas entradas en el blog CuentaAtrás cuando escucha el timbre de su teléfono.

Rufus Emeterio está exhausto luego de la golpiza que le dio al nuevo novio de su ex cuando escucha el timbre de su celular.

Un operador de la compañía Muerte Súbita se comunica con ellos para avisarles que ese, el 5 de septiembre del 2017, será el último día de sus vidas.

Esta es la premisa de “Al final mueren los dos” (pocos títulos más spoileros podemos encontrarnos en un libro) del reconocido escritor neoyorquino Adam Silvera, quien saltó a la fama mundial con su primera obra “Recuerda aquella vez” (ambos títulos editados al español por Puck), y que ha trabajado gran parte de su vida en el sector editorial.


Mateo y Rufus son personas que han crecido en ambientes distintos, con círculos familiares diferentes y que se enfrentan a presentes opuestos. El modo en que la vida de cada uno se ha desarrollado dista mucho de la del otro, y la manera en que reciben la noticia que Muerte Súbita les ha comunicado también es divergente. Esa disparidad entre lo que son, sienten y piensan este par de personajes es totalmente comparable a la que podemos experimentar cada uno con quienes nos rodean y con nosotros mismos. Ante alguna circunstancia pensamos responder de una manera, pero al vernos frente a ella es posible que actuemos de otra completamente diferente.

Mateo y Rufus son seres humanos que pierden el control, que no toman riesgos, que se dejan llevar por sus impulsos, que se sienten tristes, que están llenos de miedos, que no logran comprenderse, que están confundidos, que no saben realmente qué es lo que quieren. Sí, Mateo y Rufus son seres humanos como ustedes o como yo, y ese es uno de los grandes logros de Adam Silvera con esta obra, pues los personajes que en ella intervienen son como cada uno de nosotros, como ese familiar que se marchó dejando un vacío en nuestro día a día, como ese amigo imprudente que nos alegra sin importar nada, como esos cómplices que están a nuestro lado para sacar adelante cualquier misión, como esa pareja que se marchó pero sigue presente en nuestros pensamientos, como esas personas que aparecen de la noche a la mañana y hacen que nuestro horizonte cambie por completo.

Sí. Rufus tiene cuenta en Instagram y seguro ustedes van a disfrutar estas fotos.
Gracias a Isabela Cantos por el aviso.

No es fácil hablar de este libro por todo lo que representa en sí mismo, por todo lo que fue capaz de generar en mi interior, por la valentía con que afronta temas tan importantes y silenciados durante tanto tiempo en la literatura juvenil como lo son la muerte, el duelo, la soledad y el amor entre personas del mismo sexo, entre otros. En las pasadas 300 páginas en que esta historia es contada, la vida y lo que hacemos con ella cobra un papel central. Cada paraje de este libro tiene un reflexión para hacernos, un tema por el cual cuestionarnos y un hecho que nos dejará pensando.

¿Por qué aplazamos las cosas que queremos hacer? ¿Por qué nos da miedo salir de nuestra zona de confort?¿Por qué guardamos silencio cuando tenemos tanto por decir? ¿Por qué no salimos a comernos el mundo en lugar de verlo por una pantalla? ¿Por qué seguimos encerrados en sitios que no nos agradan? ¿Por qué esperar a que todo llegue en lugar de ir a encontrarlo? ¿Por qué callar lo que sentimos? ¿Por qué no empezamos a vivir mientras tenemos la posibilidad de hacerlo?


“Al final muere los dos” es uno de esos libros que llegan para hacerte pensar, para no dejar que sigas viendo la vida del mismo modo. Un ensayo sobre los cierres (no solo la muerte es un cierre) y las formas en que los seres humanos los afrontamos. Una historia mágica e intensa sobre el amor, la nostalgia, la amistad, la pérdida y el destino, ese que tenemos la tarea de escribir y ojalá de la mejor manera posible.

lunes, 14 de mayo de 2018

Reseña: The power (El poder) - Naomi Alderman

Tomada de www.theskinny.co.uk

La historia que el ser humano ha escrito se encargó de colocar al hombre en una posición privilegiada. Las religiones predominantes en el mundo tienen a un hombre como su imagen a seguir. La naturaleza dotó al hombre de mayor fuerza física (debido a ciertas características en su anatomía). El hombre ha ocupado (y ocupa) los puestos de dirección de los estamentos de gobierno y las corporaciones más importantes del planeta. Esto es una argumentación breve y sucinta, quizás algo básica, pero que de algún modo sirve para entender la sociedad patriarcal en la que vivimos.

Con el pasar de los años, las mujeres, y muchos hombres adeptos a su causa, han trabajado incansablemente para que ese escenario cambie y la realidad sea distinta, han promovido iniciativas para abolir este sistema, para que la igualdad de derechos sea una realidad. Sin embargo, muchos hombres y mujeres continúan legitimando la vertiente histórica que pone al hombre en la cima de la pirámide, dando aval a comportamientos machistas, acatando (o tergiversando) los mandatos de una religión, permitiendo que sus derechos sean desconocidos.


Pero ¿qué pasaría si algo hiciera que las mujeres dejaran de ser “el sexo débil”? ¿Qué pasaría si la naturaleza otorgara un don especial a aquellas que históricamente han sido relegadas a un lugar auxiliar por muchos hombres? ¿Qué pasaría si la pirámide que hemos cimentado se derrumbara de un momento a otro?

Esa es la propuesta de Naomi Alderman en “The power”, el protagonista de esta reseña. En este libro nos encontramos con la ocurrencia de un hecho que se convierte en un antes y un después en la historia de la humanidad, y es que un día específico las mujeres adolescentes se dan cuenta de que tienen la capacidad de producir electricidad con sus manos y de despertar esta habilidad en las mujeres adultas, lo que altera la cotidianidad del mundo entero, y hace que el orden imperante empiece a replantearse. La mujer tiene en sus manos (literalmente) algo que la pone en una posición capaz de cambiar todo como se ha visto hasta ahora.

Conocí de esta obra gracias a un post de novedades del blog La Nave Invisible, espacio dedicado a promover la literatura de ciencia ficción, fantasía y terror escrita por mujeres, y confirmé mis ganas de leerla cuando supe que tenía el espaldarazo de Margaret Atwood, quien la define como una novela electrizante, poderosa, y que nos dejará con la boca abierta.


“The power” tiene un narrador omnipresente que va transportándose a diferentes partes del mundo para mostrarnos las cosas que van pasando a medida que la humanidad se concientiza de lo que está ocurriendo y de cómo esto cambia por completo las cosas tal como se conocían. En esa narración conocemos a cuatro personajes, los cuales serán los encargados de vislumbrar los distintos escenarios que se construyen bajo este hecho trascendental: Roxy es una joven, hija de un criminal londinense, que es testigo del asesinato de su madre por lo que parece un ajuste de cuentas; Tunde (el único hombre) es víctima de los efectos de la nueva habilidad de las mujeres, lo que lo lleva a cambiar su mentalidad por completo, para asumir con esto un rol importante en la historia que empieza a escribirse; Margot es senadora en Nueva Inglaterra y tendrá que vivir toda esta revolución social desde una posición de poder, y con el permanente compromiso de proteger a toda costa a su hija Jocelyn; y Allie, una joven huérfana que ha pasado de hogar en hogar siendo víctima de la violencia y que convive con traumas y frustraciones por lo que ha sido su realidad.


El libro inicia con un “Faltan diez años”, y va avanzando con esta cuenta regresiva para mostrarnos las situaciones que van desencadenándose desde que las mujeres descubren este don, las repercusiones que esto tiene en sus vidas diarias, el modo en que las políticas públicas y los programas de gobierno se tienen que transformar, y las repercusiones que tiene en la religión el rol que empieza a asumir la mujer, entre muchas otras cosas. Este avance en el tiempo hacia ese misterio que solo conoceremos al terminar el libro, nos permite identificar las diferentes etapas de esta revolución social, los efectos humanos que ello genera, y la metamorfosis que experimenta el mundo por todo esto. Lo mejor del caso es que Naomi Alderman no es celosa en su visión sobre las cosas que pasan en el mundo que construye, sino que la describe al detalle para hacer que lo que trata de contarnos y transmitirnos cale profundamente.


Roxy, Tunde, Margot y Allie, los cuatro personajes principales de esta historia, son los encargados de mostrarnos las cosas que van pasando en esta línea de tiempo, los cambios que se van sucediendo durante esos 10 años, y las secuelas que lo ocurrido van dejando en sus vidas. Estos cuatro personajes tienen una característica en común, y es que todos, desde su espacio y su posición, sacan provecho del don que ha despertado en las mujeres, y han logrado transformar su vida a raíz de esto (para bien y para mal).

Esta convergencia tan certera entre los personajes y la historia, y el desarrollo que ambos puntos tienen, son sin duda alguna la mayor fortaleza de esta novela en lo que a su construcción se refiere, pues permiten vislumbrar lo que es la sociedad, lo frágil que puede llegar a ser ante los cambios que se generan, los roles que sus diferentes actores van asumiendo, y las repercusiones que todo esto tiene en la manera en que se tejen los hilos de nuestra realidad.

Pero lo más poderoso de esta novela es su mensaje central, ese que se condensa en la charla entre un par de escritores (Neil y Naomi) al inicio y al final del libro, como una especie de epílogo y prólogo, plagado de ironía y de verosimilitud, en donde se muestra a ciencia cierta lo que es el ser humano, y se concluye al respecto de nuestra realidad y de la planteada en el libro. Estoy convencido de que ese estatus de igualdad por el que muchos luchamos es el ideal que debemos perseguir, y por el que debemos trabajar constantemente.


No puedo terminar sin aplaudir la preciosa edición que Roca Editorial logró para este libro, tapa dura con sobrecubierta, colores fuertes, detalles contrastantes, e ilustraciones que potencian el componente histórico que plantea la narración. Sencillamente espectacular, de esa manera se enamora a un lector.

“The power” de Naomi Alderman, tal como la definió Margaret Atwood, es una novela electrizante y sorprendente. Un libro importante, cargado de emociones y de realidad, lleno de crudeza (mucha), de experiencias de todo tipo, de vivencias que marcan el destino, de hechos que toman decisiones. Una distopía feminista ambiciosa, un estudio superlativo sobre el poder y sobre las consecuencias socioculturales de un sistema humano que estratifica y que superpone los derechos de unos sobre los de otros. Lectura altamente recomendada.

domingo, 13 de mayo de 2018

Reseña: Hoy es siempre todavía - Alejandro Gaviria



Un importante proyecto de norma había sido publicado por la administración de impuestos y era mi tarea desmenuzarlo y hacerlo ver de manera sencilla para los usuarios de la página web que administraba en ese momento. Me senté frente al computador para tratar de redactar algo y vi un documento en blanco frente a mí, un documento que no representaba en absoluto lo que era mi mente en ese momento. Por la cabeza me pasaban millones de cosas que simplemente no podía detener y, cuando me di cuenta, estaba uniendo palabras sin sentido para luego borrarlas y volver a escribirlas y borrarlas sin razón de ser.

Siendo las 16:45 de ese día tomé mi maleta y salí de la oficina sin despedirme de nadie, sin tan siquiera mirar a quienes se atravesaban por mi camino. Como un autómata me dirigí a esperar el bus que me llevaba a casa, pero preferí sacar mi mano y gastar los $10.000 que tenía en el bolsillo en pagar el taxi en el que me subí. Me detuve a observar a todas las personas que estaban detrás del vidrio del vehículo, esas que esperaban el transporte público, que sonreían junto a sus compañeros de trabajo, que iban de la mano de la persona que amaban, que vendían dulces o flores en el semáforo. Pensé entonces en todo lo que estarían viviendo, en la infinidad de problemas que recorrían su mente en ese preciso momento. Quería imaginar que no era el único al que la vida se le había venido abajo en solo un instante.

Pagué al conductor, me bajé del carro, cerré los ojos, respiré profundo y caminé hacia la casa. Al abrir la puerta me topé con llanto, caras largas y una atmósfera de amargura de la cual no me podía dejar contagiar.

Esa mañana recibí una llamada de mi mamá en la que me contaba que el dolor de estómago de mi papá era un cáncer de colón que requería tratamiento urgente. Recibir una noticia de este tipo no es para nada fácil, pero debía ser fuerte por mi padre y por el resto de mi familia, porque en momentos como ese, en donde todo parece derrumbarse, es en los que mantenerse impetuoso resulta determinante.


Alejandro Gaviria, el actual Ministro de Salud y Protección Social de Colombia, fue diagnosticado en junio del 2017 con un linfoma no Hodgkin difuso, uno de los más de 100 tipos de cáncer descubiertos hasta el momento. Estoy seguro de que el aturdimiento y el desconcierto que se hicieron dueños de Alejandro fueron los mismos que se apoderaron de mi padre, y los mismos que se adueñan de aquellos que son diagnosticados alrededor del mundo con una enfermedad de esta índole.

Las vivencias que narra el ministro en las casi 200 páginas de su libro “Hoy es siempre todavía”, editado por Planeta, están llenas de valentía, certidumbre y, ante todo, la lucidez que debe brindar el convivir de la mano con el peso que representa una realidad como la que tuvo que enfrentar.

Tal como lo define el mismo Alejandro Gaviria, este libro es un testimonio del amor, la gratitud y el asombro de estar vivo, esos mismos sentimientos que se ven sofocados cuando el temor de terminar el camino se convierte en una certeza, pero es esa misma aprensión la que hace que la percepción de la vida cambie por completo, y que todo lo que se presenta como algo trivial adquiera una connotación de significancia completamente válida y valiosa.

Los cachetes del ministro son todo lo que está bien en esta vida, y mi despeine todo lo que está mal.

Revisar la experiencia del ministro y las resoluciones obtenidas a partir de ella fue un proceso que me llevó a recordar y reflexionar sobre lo que viví con mi papá durante su diagnóstico, tratamiento y recuperación. Esa conciencia de la mortalidad y de la importancia de la cotidianidad llegaron también a mí pues el cáncer, como cualquier enfermedad de alto riesgo, termina convirtiéndose en un proceso no solo para el paciente, sino también para sus seres más cercanos. El olor del césped recién cortado, la sonrisa de mis sobrinos, las noches de los viernes leyendo en mi cuarto, las manos entrelazadas con mi novio mientras veíamos nuestra película de los martes, los almuerzos de los sábados con mi mamá, los comentarios sobre el reality de turno con mi hermana, tomar un café con amigos, los paseos por mis librerías favoritas y muchas cosas más empezaron a cobrar un valor tremendo, y del cual hasta ese momento fui consciente.

Entre las múltiples consideraciones que me dejó este libro hay una que sin duda alguna viví y me llevaré por siempre, y es lo perdidos que nos encontramos en tratar de sobrevivir, hecho que nubla por completo el verdadero propósito de la vida, que no es otro sino vivirla al máximo. Me recuerdo sentado hablando con mis padres y mi hermana, y concluyendo que la enfermedad de mi papá era lo mejor que nos había pasado como familia, pues al fin pudimos pasar tiempo de calidad juntos. Qué irónico es todo.

Pero este texto va más allá de la experiencia de Alejandro Gaviria con el cáncer, y se adentra en las impresiones del ministro frente al sistema de salud (especial atención a la exposición que realiza sobre los precios de los medicamentos en el país), el papel de la prensa, nuestras creencias, la doble moral que permea nuestra sociedad y la propia realidad de Colombia, entre otros temas. Leer a un estadista y humanista del talante de este personaje, y reconocer la sensatez e inteligencia de sus palabras, es una de esas cosas que vale la pena hacer, porque enriquece como no se imaginan (es muy bonito darse cuenta de todo lo que es capaz de hacer la lectura en un ser humano).


Además de lo ya mencionado, el autor nos regala referencias bibliográficas y frases de su puño y letra que seguramente están consignadas en alguna de sus libretas, y que son en sí mismas lemas de vida y máximas a las que deberíamos prestar atención.

“Hoy es siempre todavía” es un bellísimo ensayo sobre la vida, la muerte y el puente que nos lleva de la una a la otra. Una suma de reflexiones y disertaciones sobre el ser humano, y en particular sobre una sociedad poco analítica y en constante convulsión. Un recordatorio invaluable sobre lo indispensable que es jamás dejar de sorprendernos y disfrutar el camino sin detenerse a pensar en el destino.