miércoles, 27 de diciembre de 2017

Reseña: El marciano - Andy Weir

Ilustración de Sylvain Runberg

Uno de los grandes logros de la humanidad ha sido el poder llegar más allá de lo que esperaba, crecer y de a poco ir superando las barreras que parecían insuperables, encontrando nuevos límites y luchando por superarlos. Muestra de esto es el hecho de haber volado más alto de lo que jamás nos imagináramos; llegar al espacio fue un pequeño gran paso para la humanidad.

“El marciano” de Andy Weir llega de la mano de Ediciones B, ahora Penguin Random House, y cuenta con una excelente adaptación cinematográfica que le hace mucha justicia.


Lo primero que tengo que mencionar y destacar en esta obra es la grandiosa presentación que nos regala Miquel Barceló, un paseo por la historia de la ciencia ficción, un viaje por las subidas, bajadas y el renacer de este género que parece estar siendo reemplazado por la fantasía, pero que todavía tiene mucha historias por contarnos y mil mundos por presentarnos. En verdad es un goce total leer este prólogo.

“El marciano” nos cuenta la historia de Mark Watney, un botánico miembro de la NASA y uno de los integrantes de la misión 3 del programa Ares: el intento del hombre por llegar a Marte. Luego de pasar unos cuantos soles en la superficie del planeta rojo, las condiciones del mismo hacen que la misión Ares 3 tenga que frenarse y que sus integrantes tengan que regresar a la tierra, pero por circunstancias del destino, Mark se queda en Marte.


Ilustración de Rhads


Me encontré con comentarios muy positivos sobre este libro, y no de booktubers o bloggers, sino de expertos y conocedores en el género de la ciencia ficción, lo cual acompañado a la presentación de la que ya les hablé en líneas anteriores, fueron el detonante que me llevó totalmente emocionado a leer este libro.

El inicio de esta historia me resultó jocoso por así decirlo, pues conocer la manera en que Mark intenta sobrevivir y todo lo que pasa por su mente durante ese proceso, es muy entretenido; pero en medio de eso, la forma en que está escrita el libro, requiere paciencia, releer, hacer cálculos y respirar hasta cien en muchas ocasiones. Este libro fue todo un reto para mí, pues odio la química y el sol a sol de Mark en Marte navegaba en eso; estuve a punto de dejar tirado en libro, en más de una oportunidad dejé la Tablet a un lado y me fui a caminar. Un verdadero reto.
¿Cómo hacer crecer tus propias papas? Vía @20thfoxcol en Twitter

Una vez que me acostumbré a la narrativa empleada por el autor, todo empezó a hacerse más fácil, y además de ver un libro inteligente y divertido, logré ver otros elementos que me había cerrado a no ver. La construcción del personaje de Mark, el dueño de esta obra, es notable; este tipo es un genio atrapado en una lámpara, pero que de vez en cuando se escapa para hacer verdaderas maravillas o embarrarla descomunalmente. Este hombre es de los mejores personajes literarios con los que me he encontrado, pues logró hacerme reír, tenerme al borde de un colapso nervioso, quebrarme, exasperarme, y hacerme querer abrazarlo y apoyarlo.

El libro avanza y va creciendo de manera interesante, dibujando un planeta rojo aterrador y una humanidad reacia a rendirse; pero a pesar de esto, jamás sentí que fuera la gran obra que pensé encontrarme, ni me sorprendí ante el “ingenioso final” que muchos me prometieron. Me divertí, me desesperé y me lo gocé, aunque lamentablemente las expectativas me jugaron en contra. Un libro entretenido y que se disfruta, pero como suele ocurrir con muchos, algo sobrevalorado en mi opinión.


Ilustración de Sylvain Runberg

Reseña: La máquina de niebla - Carlos A. Rojas G.

Dice un viejo y conocido dicho que los mejores perfumes y los más efectivos venenos siempre vienen dentro de un frasco pequeño. Podríamos hacer una analogía al respecto, diciendo que los mejores relatos, al menos en la mayoría de los casos, son esos que no sobrepasan las 20 páginas de extensión. Escribir cuentos puede parecer una tarea fácil, pero el mundo no se creo en un día. Un espacio reducido en donde la atención del público se puede perder en lo que un ojo vuelve a ver la luz, resulta ser una labor que requiere de esfuerzo, de talento y de un chip que no todos tienen. Muchos se atreven a contar historias, pero no todos salen ilesos de ellas.

El cuento es normalmente asociado con narrativas infantiles y con entretenimiento para los más pequeños, pero su espectro dentro de la literatura abarca los tonos oscuros del terror, los rojos de la erótica, los azules de lo policiaco y los amarillos de lo popular, solo por sacar de la caja algunos colores.

Los cuentos me han acompañado desde que tengo memoria, y bien podría decir que mi vida es un cúmulo de cuentos, en donde por momentos juego a ser autor, por otros me visto de negro y soy la bruja malvada, y en cuestión de segundos muto y la corona del príncipe azul se posa sobre mi cabeza. A la imaginación hay que dejarla volar.

Ya decía el maestro Julio Cortázar: "El cuento gana por knock out, mientras la novela gana por puntos".


El protagonista en esta oportunidad es lo que inicio como una autopublicación y terminó siendo apuesta de la Editorial 531. Una compilación que en sus más de 150 páginas nos cuenta una serie de historias bastante cotidianas y muy cercanas para cualquier habitante de este mundo, es decir, para cualquiera que esté leyendo esta reseña, o que haya llegado hasta este punto por mera equivocación. En esta oportunidad, vengo a hablarles de "La máquina de niebla" de Carlos A. Rojas G.

Desde que leí hace un par de meses "Dalila dreaming" de Carlos Castillo, la locura interna por recuperar el tiempo perdido con los cuentos y por volver a sentir el frenetismo de su propuesta fue imposible de ocultar. Navegando por el nido del pajarito azul, me topé con una portada BÁRBARA y con la propuesta que quizá necesitaba en ese momento. En medio del humo del cigarrillo, smock y maquinaria industrial, me vi en el interior de una máquina de niebla.


Lo primero que vale la pena mencionar, es el esfuerzo del autor por dar a luz un libro limpio en cuanto a diseño se refiere, casi perfecto gramaticalmente hablando, y con un trabajo de gráfico de cubierta soberbio. La autopublicación se siente fuerte, trabajada y muy bien lograda. Este tipo de dinámicas deben valorarse sobremanera, pues aventurarse en el mundo de la literatura sin el espaldarazo de una editorial, es algo digno de admirar. A los sueños hay que perseguirlos, y a las metas hay que alcanzarlas, por más peliagudo que resulte el camino. Y este es un claro ejemplo de ello, pues ahora hay respaldo de una casa editorial.


Desde la letra inicial del primer cuento, el estilo narrativo del autor se hace evidente. De manera pulcra, sin mayores pretensiones y con un lenguaje sumamente cotidiano, Rojas se pone a la tarea de hacer de lo recurrente algo más grande. Las palabras rebuscadas y las estructuras complejas no son el común denominador de este libro, el cual sin hacer uso de eso, logra entregarnos un material muy bien escrito y unas letras que emocionan.


En la acera de una ciudad caótica, en los hilos de una red social, en la muralla donde el amor muere, en los sueños que un día fueron inalcanzables, en la bendición en donde nace el corrupto, y en el balón de fútbol que construye pasiones, estos cuentos van retratando una Colombia que duele, que enternece, que resiste y que enferma. Relatos de una noche de tragos, de un bazar de fin de semana, de un instante efímero frente a un teléfono, de un almuerzo en el asadero de la esquina, o de una misa de domingo y arroz con leche.

Uno de los elementos más valiosos dentro del libro, es la capacidad que tiene de hacerte reflexionar, de recordarte que somos humanos, y de que errar es una de nuestras características. Les recomiendo prestar especial atención a la carta de Matías a Alejandra; mucho más no puedo anotar al respecto.

"La máquina de niebla" es un libro de la calle, detallista, bien cuidado y que no te deja soltarlo luego estar sentado. Un paquete de pequeñas y medianas historias algo diferentes, que no se esmeran por verse bien (aunque después de todo terminan haciéndolo), sino por valer la pena. Es todo un gusto encontrarse de la nada con talentos como el de Carlos A. Rojas. G., ante quien lo único que hay que refutar, es el no tener más material para vivirlo.

Hay dos cosas que uno nunca debe olvidar: el nombre y el camino a casa.

Reseña: Las horas lentas de la noche - Hugo Marroquín


Hace poco tiempo me encontré sentado escuchando palabras que no veía venir. Después de varios años de aventura, mi compañero de viaje decidió bajarse de barco y emprender un nuevo camino, pero esta vez sin mí. Moví los pies sin ningún destino, pensando en todo lo que vivimos, en las cosas que me hicieron feliz a su lado, en las muchas que tenía planeadas junto a él, pero que ya no podrían ser. Llegué a la casa, me tiré a la cama, y visualicé el futuro que ahora debía construir solo. ¿Pero cómo? ¿Sería capaz de encontrar a otra persona en quien confiar? ¿Con quién pasaría los fines de semana arrunchado viendo películas? ¿Quién me daría los buenos días cada mañana? ¿Quién me abrazaría en esos momentos en que lo único que necesitamos es un abrazo? ¿Cómo encontraría el modo de seguir adelante?

Nunca había sentido ese nudo en la garganta que te ahoga y te quema al mismo tiempo, ese sentimiento de vacío que parece no llenarse, esa sensación de que nada tiene una razón de ser, ese presentimiento de que no podría conciliar el sueño aun cuando me sintiera increíblemente cansado. Nunca la noche pareció tan eterna como en esos días…


Seguramente de algo como lo que viví fue de donde surgió el segundo libro de Hugo Marroquín (autor de “Los años de los amantes”), que lleva como nombre “Las horas lentas de la noche”. En él nos encontramos con la historia de Diana, una mujer que vive sola en un edificio cualquiera de una ciudad sin nombre, quien acaba de terminar una relación de largo tiempo y está a punto de cumplir 30 años. Esta exitosa mujer tiene un mejor amigo gay llamado Max, un hombre que, según las descripciones de ella, es casi perfecto, y que cree en el amor como pocos en nuestro tiempo lo hacen. Al edificio en el que vive Diana ha llegado un nuevo vecino, un hombre de pocas palabras que ha logrado despertar gran inquietud en la mujer, tanto así que constantemente trata de escuchar pegada a la pared lo que pasa en el departamento contiguo. Una noche, Diana invita a Max a su casa para hablar como los buenos amigos que son, y es en esa noche en donde tanto ellos como su vecino nos dejarán ver más allá de lo que los ojos pueden observar.

Ya con el anterior libro de Hugo Marroquín conocí su capacidad de meterte en su historia y hacértela vivir como si fuera tuya, y con este libro esa virtud fue confirmada con creces. “Las horas lentas de la noche” es una historia que seguramente la gran mayoría de nosotros hemos vivido, puede que no en su totalidad, pero no temo al afirmar que las vivencias de Diana, el vecino del 301 y de Max han sido las nuestras en algún punto.

Esta novela tiene dos narradores: el compañero de piso de Diana, y un tercero que nos va contando lo que pasa con la mujer y su mejor amigo. Estas voces tienen diferentes objetivos, pero ambas guardan algo en común, y es el tono intimista que permea su discurso. Este libro se siente como un café a las cinco de la tarde con el mejor amigo en donde las verdades salen a flote, las lágrimas se hacen presentes, y el silencio grita enardecido para liberar al alma de las cargas tan pesadas que lleva encima.


Conocer a los tres personajes que confluyen en esta obra fue como conocer y reconocer muchas cosas de mi propio ser. Cada uno de los protagonistas afronta la verdad que la vida y ellos mismos con sus elecciones han decidido darse, y lo hacen de manera tan, pero tan personal, que simplemente es imposible no dejarse afectar por lo que te están compartiendo. Cada uno de ellos tiene sus particularidades, sus características que los hacen únicos, una forma de pensar y vivir particular, pero en el fondo guardan una estrecha relación el uno con el otro, una conexión que el lector descubrirá al ritmo de las horas que transcurren.

Este relato a dos voces seguramente obedece a vivencias personales del autor y a cosas que desde el otro lado él ha podido presenciar, y lo más interesante del asunto es que las letras logran capturar todo lo que situaciones como las que atraviesan los personajes pueden llegar a causar. Hugo Marroquín tiene una habilidad innata para llegar a lo más profundo de tu alma y escudriñar en ella, para hacer que recuerdes hasta el más mínimo detalle de lo que has vivido, y para pensar en lo que se viene, incluso cuando todo parece haberse ido a la mierda.

Este libro es una introspección, un estudio humano del amor y el desamor, del odio, de la soledad, de las expectativas, de lo que escondemos, de la familia, de la amistad, del miedo, de la incertidumbre, y de tantas cosas más que es imposible dejar plasmadas en este escrito, y que no vale la pena hacerlo, pues les aseguro que es mucho más fructífero vivirlo en carne propia en la lectura de la novela. Capítulo a capítulo nos encontraremos con tres modos de ver la vida totalmente diferentes, con tres formas de afrontar el día a día muy distintos, y con decisiones poderosamente humanas, que seguramente ya hemos tomado o que evaluaremos en un futuro.


Y es quizás ese el punto más fuerte dentro de las pasadas 200 páginas con que cuenta este libro, el abordar este tipo de sentimientos desde diferentes flancos (especialmente el que hace de la soledad), el mostrar los diferentes roles que podemos asumir, cada uno soportado por una historia de vida, por las experiencias que una persona pasa, y por lo que las decisiones de otros han influido en las nuestras. Hablando con Diana, con su vecino y con Max, sentí que mi corazón se apachurraba, que muchas veces la vida no tiene sentido, que vale la pena creer en el amor, que millones de palabras pueden no decir nada, que una sola palabra puede significar todo, que no es recomendable hacernos altas expectativas con alguien, que no debemos dejar que miedos del pasado nos impidan cimentar un futuro, que es importante tener a alguien a nuestro lado para complementarnos, y también que no necesitamos de nadie para ser felices.

El libro está lleno de frases de esas que se ponen en un post en redes sociales y pueden volverse virales en un segundo, esas mismas que en su corta extensión expresan una galaxia entera de sensaciones y experiencias. Marroquín posee una narrativa que palpita, que no teme a desbordarte, que desde lo sencillo te transporta a la complejidad de lo que somos y sentimos los seres humanos, y que te sobrepasa en muchos momentos y te impide salir ileso de la lectura. Se entrelazan diálogos y pensamientos para mostrar un panorama más completo de lo que está pasando, de las cosas que se quedan en el diario de las ilusiones, y de los demonios que insisten en hacerse presentes y que con el tiempo se hacen más fuertes.


Sin embargo, y aunque todo lo que he dicho es visiblemente positivo, debo mencionar que encontré en mi convivencia con este libro un pequeño gran lunar, y fue la nula identificación que tuve con su cierre. Entiendo lo que quiso hacer el autor y lo que buscó con el pasaje final, pero sencillamente fue muy poco lo que ese desenlace me transmitió, demasiado abrupto para mi gusto, y es un detalle que prefiero olvidar para no dañar la memorable experiencia que representó recordar y vivir de la mano de Diana, el vecino del 301 y de Max.

“Las horas lentas de la noche” es uno de esos libros que no se pueden olvidar, que llevarás contigo hasta el final de tus días. Una historia humana, íntima, llena de dolor y de verdad. Una novela que se mete en tu sistema nervioso y se adueña de él por completo. Una obra soberbia en donde las letras fluyen sin freno y la vida misma se desarrolla a su gusto. Una muestra incontestable de todo lo que puede llegar a ofrecer Hugo Marroquín como autor, y de su pericia para rompernos el corazón. Señor escritor frente al que estamos.

Espero que odien tanto como yo a Daniel, y que le digan a sus padres todo lo que sientan la necesidad de decirles. Una palabra puede cambiar una vida, no lo olviden nunca.


miércoles, 20 de diciembre de 2017

Un viaje en el tiempo, por el final de todos los agostos...


Lo conocí un día de enero, con la luna en la nariz. Y como vi que era sincero, en sus ojos me perdí… No, mi historia no fue así. Realmente lo conocí un día que no recuerdo, en un mes cualquiera de hace algunos años. Teníamos un amigo en común, y entre interacciones por redes sociales de ida y vuelta, recibí un mensaje privado con un saludo de su parte. A partir de ahí, empezamos a cultivar algo que no sé como definir, a crear un lazo de esos que no son fáciles de explicar.

Hablábamos de política, economía, cine, música, de la situación del país y de muchos otros temas que tenemos en común. Nos halagábamos mutuamente, nos hacíamos compañía desde la distancia y nos fuimos convirtiendo poco a poco el uno en el soporte del otro.


Pero un día me enteré de algo que rompió por completo todo lo construido. Sí, no nos habíamos visto frente a frente, pero habíamos construido algo, en medio de textos, de tweets, de llamadas nocturnas, logramos construir algo, que por culpa de otro algo que no se dijo terminó por quebrarse.

Nos alejamos. Él salió del país buscando otro camino, tratando de encontrarse, y yo me quedé aquí, siguiendo con mi vida. De vez en cuando nos saludábamos. Veía sus fotos en Facebook o Instagram y ese gusto tan fuerte que sentía, volvía a ver la luz. Algo se había roto, pero no por completo. Aún teníamos un lazo que se negaba a soltarnos.


Hace un tiempo hablamos, frente a frente. Nunca habíamos estado físicamente tan cerca. Pude ver sus manos temblar mientras charlamos. Pude observar mi pie derecho zapateando sin descanso mientras lo miraba. Pude sentir más fuerte que nunca esa conexión que solo nosotros dos podíamos sentir, esa misma que parecía haberse roto, pero que solo necesitaba de ese instante para volver a ser la de antes, e incluso más fuerte que nunca.

Sin embargo, la vida había pasado para ambos, y cada cual tenía parte de un nuevo camino ya atravesado. Nos despedimos con un abrazo fuerte, un abrazo de esos que se esperan por mucho tiempo, de esos que llenan el alma, que te ponen frenético el corazón, que te hacen temblar las rodillas.

Este libro es estéticamente perfecto. Una joya total.

Hoy, escribiendo esto, me pregunto nuevamente (me he cuestionado esto más de mil veces, no les miento), ¿qué sería de nuestras vidas si hubiéramos tomado el riesgo de entrelazar nuestros dedos y caminar uno al lado del otro? ¿Cómo serían nuestros días si hubiéramos dejado atrás los errores y los miedos? ¿Cómo sería mi existencia si hoy amaneciera a su lado?

No sé si algún día logre dar una sola respuesta a todas las inquietudes que eso, a lo que no le encuentro nombre, me genera. Seguramente seguiré imaginando escenarios, como muchas otras cosas que me pasan en la vida me llevan a hacer. Es posible que no consiga averiguar qué sería de mí si hubiera tomado otro tipo de decisiones.


Soy un hombre que piensa y reflexiona mucho sobre su pasado, sobre las cosas que hizo y las que no, sobre las rutas que atravesó y las que dejó atrás, y sobre lo que es y lo que pudo ser. Esta historia que les cuento es una de esas que siempre están ahí, pero cuyo recuerdo volvió con fuerza luego de leer “El final de todos los agostos” de Alfonso Casas. Y por qué, se preguntarán ustedes. Pues la respuesta es muy fácil: porque ese libro es una pregunta sin respuesta, una constante búsqueda de algo que quizá no quiera encontrarse.

La vida de Dani (el protagonista del libro), al igual que la mía, y estoy seguro que de la de millones de seres humanos en este planeta, está llena de esos escenarios que no fueron, de esos dibujos que nunca fuimos capaces de terminar. Él está a punto casarse con la persona con la que lleva mucho tiempo compartiendo experiencias, pero hay algo que lo inquieta y no lo deja tranquilo, y es saber qué habría pasado si Pumuki, alguien de su pasado, fuera con quien estuviera comprometido.


Ese constante “¿y si…?” que va y viene como el sol día tras día, trae consigo dudas de todo tipo, desde haber tomado una u otra ruta de bus, hasta haber estudiado una u otra carrera. Dani me mostró su historia y el viaje en el tiempo que realiza para traer de vuelta todas esas vivencias que un día lo hicieron feliz, que en muchos sentidos lo definieron, y que sin duda alguna no lo han dejado en paz. Dani, al igual que yo, no puede dejar de escribir hipótesis en su mente, y de pensar en presentes alternativos que no son nada más que ilusiones, pues la realidad es otra.

Mientras tecleo (luego de haber borrado muchas cosas que ya había escrito), es imposible no querer regresar, no pensar en esos momentos en que pudimos elegir de otra manera, pues, aunque el hoy sea positivo, somos seres inconformes, disfrutamos suponiendo, y más cuando nuestra vida misma está inmersa en ese mar de divagaciones e incertidumbres. Somos seres que nunca dejarán de preguntarse “¿y si…?”.


Warcross (Warcross 1) - Marie Lu


El hombre pagó más de medio millón de pesos colombianos (unos 160 dólares aproximadamente) para ver en concierto a uno de los artistas más importantes del último milenio. Miles de personas se apilaban a las afueras del estadio para ver un show sin precedentes, un espectáculo que hace meses esperaban por disfrutar.

A medida que las manecillas del reloj avanzaban, la noche se tomó la ciudad, y las luces del escenario se apagaron por completo. La hora marcada llegó y un resplandor enceguecedor nubló la mente de las 32.000 personas que se dieron cita. El personaje al que todos esperaban dejó que su voz estallara en la inmensidad del horizonte, pero con él, miles de brazos se fueron alzando para sostener en alto pantallas absortas por morder todos los detalles de lo que estaban pasando.

La realidad que el hombre conocía no era la que estaba viviendo en ese momento, en el que mostrar estaba cobrando más importancia que vivir, y en donde una foto tenía mayor valor que una experiencia. La ecuación que daba como resultado un recuerdo había cambiado.

Millones de datos empezaron a volar por el aire, buscando un lugar en las pantallas de aquellos que no se encontraban en ese sitio, de aquellos que estaban en su casa, en un restaurante, en el cine, e incluso en su lugar de trabajo, ansiosos por abrir la puerta de ese espacio que se convirtió en la realidad de muchos, y que cambió por completo las reglas de juego de la humanidad entera.

El hombre pagó más de medio millón de pesos colombianos (unos 160 dólares aproximadamente) para ver a una nueva especie de seres humanos en su máxima expresión. Una generación que decidió vivir en una realidad diferente, con lo bueno y lo malo que eso represente…


Gracias a la tecnología y a la llegada de la internet, la forma en que nos comunicamos entre nosotros y con el mundo entero cambió por completo. Es así como en la actualidad la información está al alcance de un clic. Fue gracias a los datos que van y vienen en la red, que me encontré con la cubierta y la sinopsis de “Warcross” de Marie Lu, y desde ese preciso momento se convirtió en unos de los libros más esperados de mi 2017, y gracias a Ediciones Urano ya lo tenemos en Colombia.

Marie Lu, la autora de este libro, saltó al estrellato literario a nivel mundial gracias a su trilogía “Legend”, y confirmó que lo logrado con esa saga no fue simple golpe de suerte, con la publicación de, la también trilogía, “Los jóvenes de la élite”. He tenido MUCHÍSIMAS ganas de leer este par de historias, pero por uno u otro motivo, no lo he hecho. Pero con “Warcross”, la primera parte de la bilogía homónima, no pude resistirme y lo leí al instante de tenerlo en mis manos, y en un tiempo tremendamente corto.

Aquí nos encontramos con Emika Chen, una adolescente que trabaja como cazarrecompensas en un mundo en el que una realidad virtual es el escape de la gran mayoría de la población para la vida que llevan. Todo esto fue posible gracias a Hideo Tanaka, fundador de Henka Games, quien inventó unas gafas VR que se conectan con el cerebro, llamadas NeuroLink, las cuales revolucionaron por completo al mundo. En el marco de esta realidad paralela (muy “Ready Player One”), Henka Games desarrolló un juego llamado Warcross, en el que dos equipos deben competir para hacerse con el emblema que representa a su contrario; anualmente se lleva a cabo una competencia a nivel internacional en donde los mejores jugadores de Warcross se dan cita, y este es el evento con mayor cobertura y audiencia en el planeta. Emika es un gran hacker, y en busca de lograr el dinero que necesita para pagar todas las deudas que tiene, decide infiltrarse en plena velada inaugural de Warcross, y ese es el punto de partida de esta historia…


Marie Lu tiene algo muy pero muy interesante en su manera de narrar, y es la capacidad de no dejarte soltar el libro que ha escrito hasta que no lo terminas. 518 páginas pueden parecer mucho, pero en este caso no son nada porque se leen a paso acelerado, con ansias inexplicables por recorrer los pasos de Emika Chen, quien nos cuenta en primera persona el cambio de vida que experimenta desde el momento en que Hideo Tanaka la contrata como cazadora para encontrar a alguien que ha estado visitando de manera peligrosa las entrañas de Warcross, y todo lo que eso significa.

La realidad virtual que las NeuroLink nos permiten ver, está llena de colores brillantes y estrambóticos, de datos por doquier y de una ausencia total de la privacidad. El mundo que el invento de Hideo Tanaka ha desarrollado, es muy similar al que vivimos actualmente (en cierto modo, valga la aclaración), en donde las personas se forman por las opiniones de los demás, en donde un like vale más que un saludo, y en donde regalamos nuestra vida sin precaución alguna para que los demás accedan a ella sin reservas. “Warcross” propone con esto una crítica social certera, que puede que no se note, pero que está ahí, presente, en cada capítulo, y que se va haciendo más y más clara con la llegada del cierre de la historia.


Pero esa realidad virtual no sería nada sin Warcross, ese universo que es una suma de mundos diversos, bañados por nieve o por lava, habitados por criaturas de piedra o por bestias gigantescas. La capacidad inventiva de la autora es impresionante, y nos da muestra de ello en cada batalla que libran los equipos participantes en Warcross, en cada estrategia que deben preparar, en cada movimiento sorpresa que tienen que realizar. Terminas siendo atrapado por las páginas del libro y ocupando el lugar de Emika, viendo todo desde arriba, siendo parte del código que genera el mundo que las NeuroLink presentan, o sumergiéndose en el DarkWorld para ver la parte más oscura de la realidad en la que vive. De igual manera, siento que la autora pudo regalarnos más escenas de este tipo, más acción en el videojuego, más batallas épicas en la lucha por los emblemas, más razones para hacernos entender el poder y la relevancia de este juego, todo esto en detrimento del componente romántico del que comentaré más adelante.

Ahora, hay que hablar de la protagonista de esta historia. Mucho por decir de Emika, pero todo lo condenso en que es un personaje que crece, que detenta una misión y nunca la abandona, que tiene muchas cosas en las qué pensar, pero nunca deja de lado lo que es realmente importante; una protagonista que se construye con la historia. La literatura juvenil me ha regalado personajes insulsos, poco creíbles y vacíos, pero Emika Chen no es uno de ellos ni por asomo. Esta joven es real, siente, se equivoca, lucha incansablemente, es brillante, perspicaz y muy hábil.

Con respecto al resto de los personajes, el asunto es prácticamente el mismo. Marie Lu ha planeado una gran fiesta y se encargó de invitar a lo mejor de lo mejor: un magnate lleno de vacíos sentimentales, un divo exacerbante, un director entrañable y un sorpresivo misterio. Dejando de lado a Emika, Hammie, con su encantadora forma de ser, su notoria habilidad como jugadora y su fidelidad, se convirtió en mi personaje favorito del libro.


¿Y qué sería de una novela juvenil contemporánea sin una historia de amor? Dentro de la búsqueda del personaje que está ingresando a Warcross de manera ilegal, Emika se ve envuelta en una historia de amor de esas que tan poca gracia me hacen dentro de una lectura de este tipo. Pero ¿saben? En este caso este factor no le resto mucho a la historia, ni me molestó dentro del paso de las páginas. El ritmo de la trama y la necesidad de avanzar hizo que incluso disfrutara de los sentimentalismos que se van pintando en este lienzo. No, la historia de amor no me gustó del todo, no me terminé de creer lo que pasaba con una de las partes, pero este no fue mayor problema.

Esta primera entrega no es tremendamente descriptiva, característica que ayudó mucho a que el ritmo de lectura fuera más rápido, pero ni con eso fue suficiente para que Marie Lu no creara un mundo futurista creíble, que se siente cercano, y al que peligrosamente nos vamos aproximando.

De principio a fin, la historia guarda algunos puntos de giro, unos algo predecibles a mi modo de ver, pero hubo uno que me dejó con la boca abierta, y me cambió por completo todo lo que tenía pensado. ¡Wow! Esa fue mi expresión.

Era medianoche, moría de sueño, pero no podía dejar de leer. Tenía que terminarlo.

Hay algo que, en lo personal, ya no disfruto tanto como antes, y es la tendencia de la literatura YA a serializarlo todo, a exprimir al máximo las historias incluso manchando su esencia, solo con objetivos mercantiles. Aunque siento que la segunda parte de esta bilogía sí está justificada, creo que la autora pudo brindarnos un final épico, más clásico, alejado de la linealidad que enmarca el género. Para mí, este libro pudo haber sido fácilmente autoconclusivo (con algunos capítulos menos). Opinión muy personal.

“Warcross” es una obra adictiva, en todo el sentido de la palabra. Una historia con un aire a la magnífica “Ready Player One”, menos inteligente y memorable, pero con un sentido y un propósito diferente, más fácil de abordar, y con un público mucho más amplio al cual puede llegar. Una novela sencilla, ágil, de fácil acceso, con toques de tecnología, acción y breves pinceladas de ciencia ficción. Un libro de esos que te encadenan y no te sueltan. Una novela juvenil con muchos lugares comunes, pero que destaca sobremanera sobre la gran mayoría. Expectativas totalmente cumplidas con una de las aventuras que más ganas tenía de vivir en 2017.

No podía despedirme sin mostrar la soberbia portada de la edición para España de este libro. SOBERBIA.

El archivo de las atrocidades (Los expedientes de la Lavandería 1) - Charles Stross

La primera vez que escuché la expresión “maquillar balances” fue en la famosa novela “Betty, la fea”, en el momento en el que uno de los personajes le pide a su asistente que arregle los estados financieros para que reflejen los resultados que la junta directiva espera. Cuando empecé a estudiar contaduría pública, y gracias a la formación que me dieron durante la carrera, armé dentro de mí un ideal de lo que sería mi ejercicio profesional, en el cual todo era ordenado, con cuentas claras, respetando las normas legales. Por lo tanto, cuando escuché ese “maquillar balances”, pensé que era algo mentiroso y que solo pasaba en la televisión.

Decidí empezar a trabajar y estudiar al mismo tiempo cuando estaba en cuarto semestre, y conseguí mi primer cargo como auxiliar contable un año después. Estaba sumamente emocionado, a la expectativa de poner en práctica todo lo que había aprendido. En ese trabajo manejaba muchos clientes, de diferentes sectores económicos, cada uno con particularidades que lo hacían único. Cuando empecé a revisar la información de cada cliente, fui encontrándome con cosas que no estaban bien, con manejos que no eran los ideales y con registros que eran equivocados. Pregunté a mi jefe si podía corregir esos errores dentro de la contabilidad, pero en ese momento supe que nada es perfecto y que la vida real es totalmente diferente a lo que te pintan en la universidad, y al mundo utópico que puedes llegar a plantearte al pensar en el trabajo de tus sueños…


El nacimiento de una editorial siempre representa una alegría para mí, y cuando leí sobre la llegada al mundo de Insólita, fui muy feliz. Es importante que lleguen nuevas formas de ver la literatura, nuevas maneras de percibir las necesidades de los lectores. 2017 fue el año en donde la ciencia ficción se tomó mi vida, y al ver la primera apuesta de este nuevo actor en la industria, la expectativa por leerla no se hizo esperar. En esta oportunidad vamos a hablar de “El archivo de las atrocidades” de Charles Stross, ganador del premio Hugo.

En este libro vamos a conocer a Bob Howard, un geek consagrado que en sus ratos libres se dedicaba a ejercer como hacker. En uno de los trabajos para los que es contratado, nuestro protagonista llega más lejos de lo que debería, lo que causa que quede en la mira de La Lavandería, una agencia ultrasecreta del gobierno británico, encargada de buscar y eliminar a seres sobrenaturales de todo el universo con el fin de proteger a la humanidad y al planeta Tierra. Bob es contratado por La Lavandería, pero su trabajo allí no es lo que él espera, porque mientras sus compañeros salen a diario en misiones llenas de acción y emoción, él se dedica al mantenimiento de los sistemas informáticos de la agencia. Pero todo da un giro total cuando Bob recibe un ascenso, el cual vendrá acompañado de nuevas responsabilidades y de un grupo de nazis interdimensionales que están dispuestos a tomarse el mundo.

A primera vista, la historia de Bob se asemeja a la de la famosa serie de películas “Los hombres de negro” y a los cientos de acercamientos a las agencias de este tipo que hemos visto o leído alguna vez, pero “El archivo de las atrocidades” tiene otro enfoque. En este libro, el que sería el trabajo de los sueños para muchos, se muestra tal y como son la gran mayoría de trabajos: centros de burocracia en donde las reuniones innecesarias y eternas están a la orden del día, y en los que el papeleo inmisericorde decora las oficinas. Este punto es tremendamente interesante, pues otorga a la historia un toque realista que se disfruta sobremanera, especialmente teniendo en cuenta que permite desarrollar al máximo el sarcasmo y la jocosidad que impregnan las pasadas 280 páginas de esta historia.


¿Dijiste jocosidad? Sí, tal y como lo leen. En esta primera entrega de la reconocida serie de libros de “El expediente de la Lavandería”, y seguramente en las demás y en las que están por publicarse, el humor es un aspecto central y que hace que la lectura se disfrute muchísimo. Este factor en la narrativa de Stross es un completo acierto, pues además de todo, permite que las explicaciones técnico-matemático-físico-informático-químicas, que se encuentran en cada pasaje de esta historia, se sientan menos pesadas y sean más digeribles. Sí, estamos ante un libro de ciencia ficción que exige y mucho, muchísimo más de lo que muchos estamos acostumbrados, que te pide contextualizarte constantemente, indagar para entender, releer y volver a releer para comprender, incluso hasta el punto de hacer que el ritmo de lectura se haga algo lento, pues es imposible negar que las explicaciones que el texto te va dando a veces son excesivamente complejas, y me atrevería a decir que hasta innecesarias. Todo esto es un reto que, de decidir aceptarlo, nos permitirá meternos de lleno en una historia portentosa.

Pero volviendo al punto, la narración en primera persona por parte de Bob nos permite conocer lo que hace día a día, y no solo en su trabajo, sino en su hogar, en los lugares que frecuenta, y las ocurrencias que vive durante todo esto. Debo confesar que reí como loco con las cosas que nuestro protagonista vivía con sus compañeros de apartamento y de trabajo, Pinky y Cerebro, dos geeks fuera de concurso que, les prometo, no podrán olvidar.

Y estos no son los únicos personajes secundarios que harán de este libro una experiencia de lectura sin igual, pues si algo tiene de fuerte esta historia es eso, sus personajes secundarios. Mo, Angleton, Andy e incluso la insufrible Harriet, harán que esta aventura inexplicable se sienta mejor a cada capítulo que pasa. Aquí los secundarios no están por estar, sino que están por algo importante, quizá no trascendental, pero todos tienen una tarea y un objetivo, y lo cumplen a cabalidad.


Los premios Hugo son entregados a las mejores obras de ciencia ficción y fantasía… Sí, por las venas de “El archivo de las atrocidades” corre la ciencia ficción, pero el sistema nervioso de esta obra es variopinto en cuanto a géneros, pues tiene algo de fantasía urbana, de thriller tecnológico, de novela policiaca, un poco de engendros lovecraftianos y de frikismo, mucho humor, e incluso un toque de romance… En La Lavandería encontrarán de todo.

La trama de la novela está en constante movimiento, mostrando un sinfín de situaciones que mantendrán al lector pegado al libro. Invocaciones, persecuciones, mucha acción, criaturas sobrenaturales y muchas otras cosas van dándose lugar sin descanso. Podemos estar preparando un informe aburridísimo para entregárselo a una funcionaria despreciable, para luego aparecer en el espacio en plena batalla con seres rarísimos que pretenden conquistar nuestro planeta... y la victoria que se consigue se celebra en un café en Londres, a la luz de la luna, y con un par de compañeros insoportables de fondo. Así de loca es esta lectura.

Blanca Rodríguez y Antonio Rivas, los encargados de la traducción de este libro, han hecho un trabajo excepcional y que no puedo dejar de destacar. La edición en español mantiene todos los detalles que destaca la crítica internacional de esta obra, incluido ese toque friki y grandilocuente que hace grande a Bob Howard. De igual manera, es imposible no destacar el trabajo de Insólita, pues se lanzaron con todo al mercado editorial, y lo hicieron con éxito.

“El archivo de las atrocidades” es un libro sin clasificación, que navega por los siete mares sin sucumbir en el intento. Stross crea una historia entretenida, con un personaje principal tan humano como inolvidable, con personajes secundarios que suman todo el tiempo, con una trama interesantísima y soberbiamente soportada (sí, este NO es un libro para todo mundo, hay que tener internet a la mano si son curiosos y no quieren que se les escape detalle alguno), con un desarrollo brillante, una narrativa superlativa, y un ambiente que se convierte en una oda al nerd que durante tanto tiempo fui. De los mejores libros que leí en 2017 (quizás el mejor).

Gracias a Margarita, por permitirme descubrir el truculento mundo de La Lavandería.


martes, 12 de diciembre de 2017

Reseña: Atala y Elisa - Elisa Estévez


Estaba en tercer semestre de la universidad, participando en un evento sobre políticas públicas en una institución académica diferente a mi alma mater. En ese momento debatíamos sobre las medidas de protección financiera que estaba tomando el gobierno colombiano para solventar la crisis económica que se estaba viviendo en el mundo entero, las cuales, debo decir, fueron muy buenas. Un docente de administración pública, de unos 60 años, se puso de pie algo enojado y pidió la palabra. “Ustedes, muchachitos, no deberían estar aquí hablando de política, sino en otro lado, hablando de temas que les interesen a ustedes”.

El poder de los jóvenes siempre ha sido desestimado, para muchos el aporte que los jóvenes pueden dar es inexistente, y las soluciones que los jóvenes aportan no deben ser tenidas en cuenta. Pero ¿les digo algo? Millones de jóvenes alrededor del mundo están trabajando por cambiar su entorno, por cambiar la realidad que sus antepasados construyeron, por sentar un precedente y hacer sentir su voz, esa voz revolucionaria que no se cansa, que resiste, que es incansable en la consecución de sus objetivos. Esa voz que sabe que debe ser escuchada.

Fotos de Colprensa y Grupo Editorial Planeta en la ceremonia del Premio de Novela Jóvenes Talentos 2017.

Elisa Estévez Chacín tiene 17 años, empezó a escribir “Atala y Elisa” en enero del 2017, libro que meses después terminó siendo el ganador del Premio de Novela Jóvenes Talentos del mismo año, convocatoria organizada por la Librería Nacional de Colombia y el Grupo Editorial Planeta. Elisa dejó el colegio a los 15 años, para enfocarse en ella misma y en lo que quiere ser en un futuro. Amante de la inventiva de Michael Ende (un jodido genio, nada que hacer) y de los libros de papel, esta bogotana fue elegida entre más de 100 propuestas de jóvenes de menos de 19 años por la naturalidad de su historia, la contundencia de su narrativa y el estilo implícito en su obra.

Desde el preciso instante en que vi la publicidad de este premio, esperaba con ansias poder leer la novela ganadora, por eso la compré en cuanto estuvo en el mercado (afortunadamente esto ocurrió en época de Black Friday y pude hacerme con un descuento bastante interesante), y me planteé leerla cuanto antes. Y sí, así lo hice, ayer a eso de las 7 de la noche lo empecé y, curiosamente, no pude parar de leer hasta terminarlo a las 2 de la mañana del día de hoy.


“Atala y Elisa” es el monólogo de una chica llamada Atala, quien es amante de la lectura y el arte, fanática de los animales (creo yo que especialmente a los gatos) y de las charlas inteligentes (así ella no las entienda en muchas ocasiones), y que dejó el colegio para dedicar tiempo a sus pinturas y a los trabajos como ilustradora que fueron surgiendo. Atala, como todos nosotros, se cuestiona constantemente sobre la vida que lleva, sobre las cosas que la rodean y sobre los sentimientos que la tocan día tras día.

Cuando abrí el libro pensé que iba a encontrarme con una historia de tintes juveniles contemporáneos, con algo muy en la onda de las obras que plagan el mercado en la actualidad… pero no, la cosa fue muy distinta. Elisa Estévez cuenta con una narrativa madura, que explora los rincones de la humanidad y de su entorno sin temor alguno, que juega y se arriesga en la construcción de la historia.

Este libro, tal como lo dice la autora, es una especie de autobiografía, y eso se siente desde la primera página, pues más que una lectura, “Atala y Elisa” es una conversación sin muros, sin trabas, un coloquio profundo y sincero, una charla sobre los sueños y la realidad, una plática con una mujer de 17 años que tiene miedo, que tiene metas, que muchas veces no sabe qué hacer, y muchas otras hace las cosas de manera equivocada.

En los momentos en los que Atala duerme, alguien despierta para vivir en sus sueños. Elisa también es una joven de 17 años, muy parecida a Atala, quizás es una especie de alter ego, o quizás es eso que Atala siempre quiso ser, tal vez es eso que no se atreve a mostrar. Esas conversaciones en medio de largos parpadeos entre estos dos seres humanos sirven de manera perfecta para mostrar lo que pasa y lo que se anhela, esa delgada línea entre lo que sucede y lo que se queda en nuestro pensamiento, esa coyuntura entre lo que pensamos, pero no hacemos, y lo que hacemos sin pensar.


El trayecto por las 201 páginas que componen este libro se convierte en un viaje por el interior de un ser humano en plena transformación, en el estudio sociológico de una generación en la cual la soledad es el común denominador, en un ensayo sobre la juventud y el miedo al horizonte. Atala nos abre las puertas de su vida y de su oscuro cuarto para conocer las cosas que le pasan en su casa, en su colegio, en las clases universitarias a las que es invitada, en las librerías que visita, en los libros que ha leído y en los que la esperan disgustados en su biblioteca, en las palabras de los escritores que la inspiran, en los viajes mágicos en Transmilenio que hace de vez en cuando, en la maravillosa disertación de una cotidianidad que no conoce, en la disyuntiva de lo que quiere ser y de lo que se atreve a ser.

“Atala y Elisa” es una ópera prima que no lo parece; una novela sencilla, madura y valiente; una historia íntima y sincera con la voz de una joven con la cabeza siempre llena de cosas; un conjunto de pensamientos delicioso, inteligente y bien estructurado; una mirada introspectiva y también externa; un viaje por el arte visual y escrito de un sueño que empieza a hacerse realidad; la carta de presentación de una escritora a la cual espero leer de nuevo muy pronto.